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Si el ideal a largo plazo de muchos es vivir bien sin trabajar, a corto plazo podría ser el de comer bien con poco dinero. Eso es posible, como en pocos lugares, en el Centro. Ejemplo notable es la calle de López, que apenas en cuatro cuadras, que van de la avenida Arcos de Belén a la calle de Ayuntamiento, reúne variedad, tradición y precio accesible en locales de comida.

¡En sus panzas, listos, fuera! La ruta arranca en el mercado San Juan Salto del Agua (que no debemos confundir con el mercado San Juan en Pugibet). Si caminamos por López con dirección norte, es decir, rumbo a la Alameda, podemos entrar al mercado por la primera puerta y enseguida ver carnudas piernas de pavo en el rosticero. Llega el momento de tomar una de su extremo delgado y morderla como cavernícola (selfie de por medio).


Unos metros hacia adentro, por la misma puerta, está la fonda Vic. De ella ha dicho Arturo Villegas, experto en comida del Centro, que sobresale por su sabor, precio y abundancia, además de alabar con entusiasmo su mole verde. La comida corrida presenta los más tradicionales guisados de la Ciudad de México, pero a veces hay novedades, como el salmón relleno con queso Filadelfia al chipotle. "Por aquí pasan grupos de extranjeros", dice Víctor Tejeda, su propietario. "Los trae por todo López una agencia de viajes".

De regreso a la calle y con rumbo hacia la Alameda, dos puertas adelante, llegamos a postres Mary. Vamos comprando de una vez algo dulce para cuando terminemos el recorrido. El local lleva dieciocho años preparando capirotada, jericayas, arroz con leche (tipo natilla, amarillito) y su especialidad son las gelatinas: hay Nenas —miniaturas de vainilla—, Camilas —de vainilla con jerez y toque de rompope casero—, Palomas —de queso Filadelfia con zarzamora— y las clásicas, como la de anís.

Para seguir con nuestro recorrido por López, al salir del mercado cruzaremos la calle de Delicias, y dos esquinas a la izquierda, en la esquina con Buen Tono, aparece el motivo que justifica esta desviación momentánea de nuestra ruta principal: la fonda Mi Lupita. Los que saben de mole han oído de este "santuario" con cazuelota en la entrada y gran cuchara de madera lista para servir. Desde que Rosendo Gutiérrez y su esposa, Jovita Zetina, unieron sus vidas y sus recetas moleras, más las sugerencias de los clientes, nació el gran platillo, llamado mole nupcial, receta inamovible e insuperable. El mejor de todo el Centro, dicen los molólogos. El establecimiento Mi Lupita cumplió sus primeros sesenta años. "Cuidamos mucho la calidad del chile y de todos los ingredientes", dice, orgulloso, Miguel Ángel Gutiérrez, uno de los cinco hijos del matrimonio fundador. "El mole que sea no de Puebla pero sí de pueblo, es decir, de fiesta, de lujo". Comámoslo —embarrando los dedos—, con piezas de pollo, en torta o en enchiladas (las especiales son insuperables).




Sigamos la ruta. En el número 107 encontramos el Taco de oro XEW, donde nos rendimos ante las manitas de cerdo de este local, sobre todo por los cincuenta kilos de cochinita pibil que preparan diariamente. Pidamos una torta o, mejor, cuatro panuchos, como botana. A la tortilla frita le levantan quirúrgicamente el pellejito para untarle frijoles (¡así debe ser!), encima de todo va la cochinita aromática, y uno pone a su gusto la cebolla morada y una de las cuatro salsas: de árbol, escabeche, habanero y crema de habanero. ¡Con eso tenemos!

Metros adelante (López 101) un local amplio con muros verde pistache, Mi Fonda, presume a la entrada su gran paella, auténtica, diaria y a buen precio. Los aromas de la cocina nos atrapan mientras el propietario, don Jesús Galnares, se limita a decir, con el acento de su natal Cantabria: "Pasen ustedes, bienvenidos". Desde hace sesenta años en las comidas del día presumen estofado, callos, conejo, lengua, ternera, fabada...

El obispo es un embutido característico de la zona de Tenancingo, en el Estado de México. Se prepara con carne de cerdo molida y con esta se rellena la tripa del animal. Ricos Tacos Toluca (en la esquina de López con Puente de Peredo) es uno de los pocos sitios para comerlo, además ofrecen buen queso de puerco (el que llega en tenatito de petate), chorizo verde almendrado y cecina. Su salsa de jalapeño con jitomate en trozos es característica.

¿Y el café? En López y Ayuntamiento nos espera una buena taza aromática de cultivos de Veracruz en la terraza alta de El Cordobés. Saquemos la jericaya que compramos al iniciar la ruta tragona... o mejor no, porque ¡cómo perderse el cubilete de dos quesos con zarzamora o el pan de nata de este lugar!

Con este aperitivo ya nos alcanza para llegar a comer bien a casa. Y eso que ya no pasamos a la cantina Las Ja- carandas con sus grandes botanas, al buen pulque de Las Duelistas, a Chicharrón Juanitos, los caldos de gallina El Paisa, los locales de carnitas, el suadero de taquería Gon- zález, los tacos de guisado y otros que animan la oferta gas- tronómica de estas cuatro cuadras. Tampoco se trata de romper la dieta.

En todo caso, en la agitada calle de López podemos confirmar lo que afirman los expertos: la auténtica co- mida mexicana no está solo en nuevos restaurantes estrambóticos, sino en la fondita de barrio... Larga vida a este rosario de santuarios de comida. ¡Y larga panza para disfrutarlos!.


Un texto de Édgar Anaya Rodríguez publicado en la revista Km Cero 111 - Marzo 2018