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Desde la fundación de México-Tenochtitlan en 1325, pocos lugares se han transformado tan soberbia y ejemplarmente como lo ha hecho día con día la antigua Ciudad de México, en particular lo que llamamos hoy el Centro Histórico. Ante nuestros ojos aparecen y desaparecen edificios e historias.

La avenida 5 de Mayo no ha sido la excepción. Surgió a fines del siglo XVI cuando se dividió en cuatro el amplio terreno que ocuparon las casas de Moctezuma (luego de Cortés), extendidas de Madero a Tacuba y de Monte de Piedad a Isabel la Católica. Así, a un costado de la Catedral surgieron las dos primeras cuadras de la calle que hoy nos ocupa. En esa época eran tan angostas que se les consideraba callejones y se llamaban del Arquillo y de Mecateros, y estaban cerrados por el desaparecido convento de la Profesa en la calle de San José el Real (hoy Isabel la Católica).

En 1861, como consecuencia de las Leyes de Reforma, se derribaron los conventos de Santa Clara y la Profesa. Así, la calle ganó dos cuadras más y llegó hasta Vergara (hoy Bolívar). Desembocaba en el Teatro Nacional —inaugurado en 1844—, cuya fachada miraba hacia el Zócalo. Este nuevo tramo carecía de nombre, y cuenta José María Marroquí que las personas evitaban pasar por ahí, pues consideraban aquel paraje santificado por las virtudes de sus moradores [frailes o monjas]. Poco a poco la gente comenzó a transitarlo, a comprar terrenos y a habitarlo. En 1862, en honor de la batalla de Puebla, a este tramo se le dio el nombre de 5 de Mayo. Para 1881, como las dos primeras calles aún se llamaban del Arquillo y de Mecateros, se unificó el nombre de las cuatro cuadras.

Pronto fue una avenida principal, con amplias casas y variados comercios. La calle se extendió de nuevo cuando en 1900 se derrumbó el Teatro Nacional y en 1905 se ex- tendió hasta el Eje Central, donde comenzó a construirse desde 1904 el Palacio de Bellas Artes.

En 1919 en la flamante calle ya había restaurantes, sastrerías, casas de moda —aún hay tiendas de trajes para caballero—, una carbonería, un taller de máquinas de escribir, boticas, incluso un novedoso expendio de accesorios para automóviles. Se establecieron cantinas, hoteles y dulcerías —al menos había cinco; hoy solo queda la dulcería Celaya.

Durante el siglo xx, la calle de 5 de Mayo fue conocida por sus librerías y papelerías. Ya en 1920 la papelería El Modelo ocupó la esquina con Motolinía y en 1921 la librería Sisniega y Hermanos abrió su local en el número 49. Desde 1937 se estableció en el número 46-e, entre Palma e Isabel la Católica, la papelería Zig-zag. El negocio, que desaparecerá en abril de este 2018, ha sido testigo de la historia desde ha- ce ochenta años. Cabe decirlo porque otros comercios han mudado y ocupado distintos locales.

El dueño originario fue José Alberto Mijares del Valle, quien en 2004 traspasó el local a los encargados y publicó una nota de agradecimiento en los periódicos Excélsior Reforma:

Zig-zag da las gracias a todos los proveedores, compradores y público que me favorecieron. Por mi edad de 87 años, doy por terminada mi actividad. Breve historia. Este negocio fue fundado por mí para expender los libros de la Editorial Sociedad Mexicana de Publicaciones, S. de R. L., propiedad de mi padre, ameritado militar y político general de división, José Mijares Palencia y así mismo para distribuir los libros de la Editorial Zig-zag de Santiago de Chile. Los nuevos dueños de esta negociación, antiguos empleados del mismo, seguirán atendiéndoles igual. Todo tiene un principio y un fin.

Con cuarenta años en el negocio papelero, los actuales dueños, los hermanos Apolinar y Reyes Vásquez Muñoz y José Marcos Sánchez Sánchez, atienden en persona. Ex- penden materiales únicos o próximos a serlo: mapas api- zarrados, barras de lacre, lápiz tinta, plumas de colección, repuestos para plumas fuente. En el interior del local pende un letrero enmicado que en letras negras ofrece un servicio en extinción al que acuden clientes de todo el país: «Hospi- tal de plumas Zig-zag». Debido a la variedad de artículos, antiguos o descontinuados, las productoras fílmicas han adquirido en ella materiales para sus películas.

No pasa un minuto sin que entre un cliente a la papelería más antigua del Centro, en ella se pueden comprar viejos soldaditos de plomo (a doscientos ochenta pesos la docena), mapas de la extinta URSS o una memoria usb.

Abrieron en 1937, el mismo año en que el Portal de las Flores desapareció para dar cabida a la avenida 20 de Noviembre en aras del tránsito vehicular. Y la calle ha visto de todo: el Teatro Nacional, hoteles, funerarias, carbone- rías, boticas y hasta un kiosco mingitorio en la esquina con Empedradillo (a finales del siglo xix). Hoy una escultura flanquea cada uno de sus extremos: del lado de Catedral, el monumento hipsográfico, y hacia el Eje Central abre sus alas uno de los cuatro pegasos que descansan sobre la explanada del Palacio de Bellas Artes.


Texto publicado en la revista Km Cero 110 del mes de febrero 2018