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En el México prehispánico la semilla de cacao se usaba como moneda de cambio, por eso la bebida que se preparaba con ella estaba destinada a los nobles o guerreros y no a la población en general, que solo la consumía en contadas ocasiones, pues equivalía a «beberse» su dinero.

Esta bebida —cacao y/o maíz molido mezclado con agua—era amarga, espumosa, fría y se podía aderezar con ingredientes como chile o vainilla. Más tarde, en la época novohispana, los españoles, aunque sabían que era sumamente apreciada, energizante y nutritiva, la rechazaron. Poco apoco la asimilaron, le agregaron leche con azúcar y se convirtió en el chocolate —una bebida social como lo es hoy el café—, que pronto llegó a España, luego al resto del mundo,y que se transformó en dulces y pasteles.

Afición por el chocolate 

Ya popularizado, el chocolate se consumía de dos a seis veces al día en casas, conventos, hospitales y cárceles. Las familias adineradas tenían en el hogar a una mujer cuya principal y única labor era preparar el chocolate: compraba el cacao de la mejor calidad —el soconusco—, lo molía y lo batía, esmerándose en preparar una receta original que fuera la envidia de los demás.

En el Archivo General de la Nación existe un expediente del siglo xviii que da cuenta de cómo el chocolate era considerado de primer orden: el rector del Colegio de SanIldefonso debía asegurar la manutención de un estudiante llamado José Lorenzo Rojas hasta que este terminara sus estudios. La lista de sus necesidades era breve: ropa, chocolate y zapatos.

Era tal el gusto por el chocolate que algunas monjas,como acto de penitencia, al profesar, prometían no beber-lo ni provocar que otras lo hicieran. En un textito titulado «Las damas chocolateras», Artemio del Valle Arizpe cuenta cómo las visitas «apenas acababan de tomar asiento en los estrados, cuando las criadas y lacayos hacían su entrada triunfal en la sala» con chocolate humeante en jícaras.

En la película Bugambilia (Emilio Fernández, 1944), ambientada en el siglo xix, se recrea la cotidianidad con la que se bebía chocolate. En otros casos, el gusto por la bebida era pretexto para cometer delitos. Tal como sucedió al generalJuan Bautista Traconis, quien luchó contra los estadounidenses en 1846. Según los periódicos de la época, corrió el rumor de que una mujer intentó, sin éxito, echar veneno en el chocolate que nunca faltaba en la mesa del general.

Molinos y chocolaterías en la Ciudad de México

En la antigua capital de la Nueva España, a mediados del siglo xix, cuando llegó a México la maquinaria de vapor,proliferaron los expendios especializados en comercializar el cacao. Eran tantos, y se calculan al menos cien chocolaterías, que, según su giro, ofrecían bebidas y bizcochos,servicio de molino, venta de cacao o tablillas listas para preparar chocolate.

Había tal demanda que, ya fueran bien establecidos o en casas particulares, no había una calle sin molino o chocolate. Por ejemplo, la chocolatería Vizcaína estaba en la esquina del Relox y Monte alegre (Argentina y Justo Sierra); La Flor de Tabasco, en Tacuba 19 (entre Palma y Chile) —su logo era una flor colorada—; el Venado, en la esquina de San Agustín y el Ángel (Uruguay e Isabel la Católica); la chocolatería LaAurora, en la calle del Coliseo Viejo (16 de septiembre, entre Isabel la Católica y Bolívar). Otras más se ubicaban en la calle de la Acequia 10 (Corregidora), San Juan (5 de Febrero, entre San Jerónimo e Izazaga) y en Moneda 8.

En 1856 se inauguró en la calle de las Damas (Bolívar,entre Carranza y Salvador) la chocolatería La Barcelonesa,una más en la esquina de Cordobanes y Santo Domingo,(Donceles y Brasil) y La Malinche tenía su fábrica en la Ribera de San Cosme y su expendio en Tacuba 2. En la actualidad los números ya no coinciden con exactitud, pero si se toma en cuenta que la numeración partía del Zócalo, el expendio estaba muy cerca de la plaza.

Actualmente abundan las cafeterías, pero hubo una época en la antigua capital que fue común ver a mujeres vendiendo chocolate en las calles. Jícaras y tazas pasaban de mano en mano y mandaderos atravesaban las calles para comprarlo en los mercados, donde era común ver cacao, y llevarlo a los molinos —hoy extintos— cercanos a la Plaza Mayor.